AL FANATISMO ATEO, UNAS LÍNEAS SOBRE NICOLÁS

La relación de Nicolás con Jesús siempre fue tensa, debe ser porque dos comunistas nunca acabarán por entenderse.

Por: Julia Buenaventura

Ahora que lo pienso, Nico siempre estaba hablando de Jesús, y le encantaba afirmar que en el Evangelio según San Juan había sucedido esto y lo otro. Siempre era “Según San Juan”, nunca según Mateo o Lucas. Vaya uno a saber porqué.

De hecho, iría yo a saber! pues habiendo crecido en una familia estrictamente comunista, no tenía ni idea de quién era Jesús, ni de quién era Juan, ni de porqué uno llevaba el “san” antes del nombre, mientras el otro –que parecía ser el más importante– iba sin ninguna adenda: sin “san”, sin “don”, sin nada.

Iría yo a saber algo de todo esto. En efecto, me pasaba un poco como en la siguiente historia. Entonces Nico fue a un congreso comunista en China, un asunto con Mao Tse Tung, una cosa importantísima. Y claro, no se aguantó, e hizo un chiste sobre Jesús, y los chinos después de reírse preguntaron:

–Disculpe, camarada Buenaventura, ¿quién es Jesús? ¿Un compañero?

Ahí Nico quedó lívido, pues ¿qué iba a explicar? ¿Que Jesús era el hijo de Dios? ¿Que Jesús era como un Lenin para aquellos que no creían en Lenin? Y entonces no explicó nada, dejó el asunto de ese tamaño y comenzó a hablar de otra cosa.

Los que nacimos bajo el mandato de los camaradas Nicolás Buenaventura y Gilma Valencia éramos como chinos en tierras occidentales, sólo mucho después, tomando clases de historia de las religiones, pudimos esclarecer todos esos asuntos. Aunque no sólo hablo de mí, también de mis amigos, tengo uno por ejemplo que aprendió la historia de occidente a través de cartillas elaboradas en Cuba y siempre terminaba peleando con los amiguitos del colegio porque los rusos y no los americanos eran los verdaderos inventores del teléfono.

Aunque ahora que lo pienso, eso es cosa de todos los pueblos. Por ejemplo, un brasileño se puede morir de la rabia si le dices que fueron los hermanos Wright y no Santos Drumont el inventor del avión.

¡Oh! dogmatismos nacionales ¡Oh! dogmatismos políticos. Porque Nico comenzó con eso desde que nació, un ADN difícil. Así, cuando tenía como diez años, tomó una hostia y en vez de tragarla durante la comunión, la guardó para hacer un experimento; esto es, dejarla en una cajita, hasta que le salieron hongos, claro, un pedazo de pan en  el trópico, en Cali! Y luego fue al colegio a preguntar que porqué el cuerpo de Cristo entraba en descomposición. La profesora –¡pobres maestros del futuro maestro!– aterrada, le dijo que el cuerpo había dejado el cuerpo ante el sacrilegio que él había cometido, y él, entonces, se volvió acérrimamente ateo, un ilustrado, un espíritu moderno nato.

La Revolución Francesa respiraba por su aliento.

Y digo ilustrado o revolucionario o moderno o enciclopedista, porque Nicolás creía profundamente en un proyecto universal humano, un conocimiento total, que sólo puede surgir de lo particular, de la historia pequeña, no de la abstracción enorme. Esto es: un conocimiento que tome la vía de Marx, no la de Hegel.

Un conocimiento que necesitamos rescatar en estos tiempos en que la especialización nos ha fragmentado hasta quebrarnos, en un rompecabezas del que ya no alcanzamos a ver el conjunto. Tenemos el mundo tan picado en pedacitos, en parcelas de tierra o de especialización, que no conseguimos divisar el horizonte. Nico creía en ese conocimiento universal y en que él terminaría por liberarnos en todos los sentidos. De hecho, sería el encargado de liberar a la humanidad de sí misma, de su propia subyugación. He ahí su tarea de maestro.

La última cosa que Nicolás Buenaventura pidió con respecto a Cristo fue retirar el crucifijo de la funeraria. ¿Qué se le iba a hacer? Mi mamá, que es aun más dogmática que él, y mi hermana Marina fueron y le pusieron un cuadro de Gustavo encima, mientras María y yo aprobábamos la intervención estética. De esa forma, el salón quedó así, con un Nico que hasta las últimas horas iba a continuar con su propósito: erradicar cualquier símbolo que representara poder, pues el poder y la jerarquía son los enemigos por excelencia del saber.

Ya sospecharán a dónde me dirijo. Yo creo que Cristo coincidía un poco con Nico, pero qué le vamos a hacer, dos anarquistas nunca acabarán por entenderse.

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