Educación, sociedad y cultura

El colegio y el aula escolar constituyen microcosmos donde se reflejan las características de la sociedad, por lo que, recíprocamente, es en ellos donde se pueden iniciar los grandes procesos de transformación cultural y social. En Colombia, la guerra que hemos vivido impactó la cultura, las esperanzas, los proyectos de vida y la ética colectiva, lo que significa que el llamado clima escolar ha sido afectado por los diversos conflictos, entre ellos, el armado.

La guerra contribuyó (si es que puede contribuir en algo) a exacerbar los niveles de intolerancia pues las confrontaciones siempre se alimentan de la ira y la venganza y por ello los ejércitos desprestigian a sus enemigos y enseñan a sus soldados a odiarlos, como lo ha mostrado de manera magistral “Mandarinas”, la película que al referirse al conflicto de Abjasia entre chechenos y georgianos, se refiere en realidad a cualquier guerra. Las guerras generalizan la desconfianza y rompen el tejido social; y, al ocurrir ello, se debilitan los mecanismos de control social en los diferentes niveles: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en las instituciones del Estado y en todos los contextos sociales y culturales.

 

El clima del aula tiene que ver con el apoyo y la confianza que los estudiantes perciben por parte de sus compañeros y profesores. El Segundo Estudio Regional Comparativo y Explicativo (SERCE), realizado por la Oficina Regional de la Unesco para América Latina y El Caribe, concluyó que esta variable tenía un impacto mayor sobre la calidad de la educación que todas las demás variables sumadas.

 

Con frecuencia hemos oído que la educación es el mejor mecanismo para el ascenso social y que por eso cumple un papel esencial en la disminución de las inequidades sociales. Esta afirmación, verdadera en varias democracias del mundo, todavía no es cierta en Colombia ni según las pruebas nacionales, ni según las pruebas internacionales.

 

Por eso hay que trabajar para que las escuelas se conviertan de veras en territorios de paz, algo difícil de lograr en un país marcado por la guerra, la intolerancia, la desconfianza, el desplazamiento y la violación de los derechos humanos. Para lograrlo harían falta instituciones educativas más participativas y democráticas, favorecer una cultura del cuidado, de la tolerancia y del respeto a los otros, así como un esfuerzo realmente serio para que los estudiantes aprendan a tolerar las diferencias.

 

Necesitamos convertir la convivencia en una prioridad educativa nacional. Esto solo es posible si la evaluamos, si la incluimos entre los indicadores de la calidad, si formamos tutores para promoverla, si la desarrollamos en los docentes y la utilizamos en el trato con los estudiantes. La reciente inclusión del ambiente escolar en el nuevo Índice Sintético de Evaluación de la Calidad (ISEC) es un pequeño pero positivo paso en este sentido.

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