por JULIÁN DE ZUBIRÍA*

El pedagogo Julián De Zubiría sostiene que es la educación que reciben los niños en sus hogares y colegios la que explica el ejemplar comportamiento de los japoneses al enfrentar una catástrofe natural o al asumir sus responsabilidades, tal como lo demostraron en la Copa Mundo de fútbol de Rusia.

Muchos turistas quedaron sorprendidos en Rusia al ver el comportamiento de los japoneses en la Copa Mundo. Aunque en la fase de grupos habían alcanzado los mismos puntos que Senegal, pasaron a octavos por tener un menor número de tarjetas amarillas acumuladas y pese a quedar eliminados ante Bélgica, después de iniciar ganando 2-0 el encuentro, dejaron limpio y en completo orden el vestuario, con una nota de agradecimiento escrita en ruso para los organizadores. En las graderías sucedía algo similar: los turistas japoneses se quedaban varios minutos después de cada partido a limpiar la tribuna que habían ensuciado. Estas imágenes dieron la vuelta al mundo y nos enseñaron a todos que el verdadero mundial se juega por fuera de las canchas. Similares observaciones hicieron los medios de comunicación cuatro años atrás en el mundial celebrado en Brasil.

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El mundo también ha quedado impactado por su manera responsable, resiliente y colectiva de enfrentar los desastres. Presentan un sistema de manejo de terremotos basado en la cultura ciudadana: énfasis en la prevención, tranquilidad, organización, disciplina y búsqueda del bien común. Siempre actúan igual: no invaden los carriles de las ambulancias, nadie pita, nadie atropella a los otros, todos trabajan en equipo para enfrentar y superar conjuntamente los problemas y todos saben lo que tienen que hacer, ya que siempre están preparados. Pese a las largas filas, no hay colados y nadie hace trampa. Son la antítesis de la cultura del “vivo”, tan generalizada en nuestro medio. Algunos días después de un terremoto, los hoteles sirven sopa caliente para quien quiera pasar a comer. Nadie toma dos platos, saben que la comida es escasa y que hay que cuidarlos a todos.

Recuerdo ahora las palabras del profesor de la Universidad Nacional de Colombia Yu Takeuchi, matemático japonés nacionalizado en Colombia, cuando en el auditorio León de Greiff repleto de estudiantes, decía en los años setenta algo que asombró a quienes lo escuchábamos: “Un matemático colombiano es mejor que un matemático japonés, pero tres matemáticos colombianos no tienen nada que hacer al lado de tres matemáticos japoneses.” Incluso, podríamos agregar que cinco matemáticos colombianos terminaríamos por lo general, en pelea o en “rumba”, pero no trabajando en equipo o construyendo un proyecto grupal. Los colombianos no hemos aprehendido a trabajar en equipo; los japoneses son maestros en ello.

Todo comienza con la educación que se recibe en el hogar y en la escuela. En la casa, la madre se dedica a la crianza de sus hijos y es mal visto que se vincule laboralmente hasta que su hijo no alcance los 11 años de edad. Duermen con los menores hasta cerca de los 6 años, las acompañan en todas sus actividades y siempre buscan hacerlos sentir miembros de un colectivo. La comunicación y el apoyo que brinda ella y la familia extensa, son permanentes; gracias a ello, ganan seguridad emocional.

La empatía es algo esencial en el proceso formativo. Se aprovecha cualquier situación para ponerse en el lugar de otros y para comprender su perspectiva.  Tienen muy claro que la familia y la educación son sus prioridades. Días después de culminada la Segunda Guerra Mundial, habían habilitado sus aulas en los parques. Lo mismo sucede tras cada tsunami.

El largo tiempo que le dedican a la formación de sus hijos, lo recogerá con creces la sociedad a mediano plazo. De manera contraria, la irresponsabilidad de los padres en Colombia y América Latina, la terminan pagando los compañeros que reciben los golpes de los niños sobrevalorados y excesivamente centrados en sí mismos, producto de padres permisivos, muy frecuentes entre los estratos medios y altos de las familias occidentales actuales. Por el contrario, los niños y jóvenes en Japón, saben convivir, son más tolerantes, juegan en equipo y son más empáticos con los demás.

Como sociedad, tienen muy claro lo costoso que termina siendo que sus hijos reciban una mala educación. Por esta razón, se esfuerzan por tener docentes muy bien formados, bien remunerados y con alto prestigio social.

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En los colegios tienen claro que una verdadera formación debe involucrar la cabeza, el corazón y los músculos. De allí que, desde temprana edad, enfatizan en la formación valorativa, hasta tal punto que eliminaron las evaluaciones durante los tres primeros grados de primaria.  Son años en los cuales se trabaja la comprensión de sí mismo y de los otros, el respeto, la paciencia, la generosidad, las disciplina, el control y el cuidado de la naturaleza.

Además de las asignaturas básicas que se estudian en cada nivel educativo, los alumnos japoneses cuentan con materias en las que aprenden a cocinar, coser y a practicar las artes tradicionales, entre otras. En los colegios se organizan diversas actividades extracurriculares, como torneos deportivos, excursiones, salidas culturales y clubes vinculados al deporte, la música, las artes y las ciencias.

Hay un proverbio japonés que ejemplifica de manera elocuente la total prioridad a lo colectivo: “El clavo que sale de la tabla debe ser martillado”. La frase debe interpretarse como que nadie debería intentar sobresalir por sobre los demás. En pequeños grupos, los mismos niños y jóvenes hacen el aseo de sus salones, los pasillos y los baños de su institución educativa. Eso forma individuos más responsables y una cultura que segrega menos los trabajos manuales y los oficios menos valorados en América Latina. Niños y jóvenes llevan el almuerzo al propio salón de clase y hacen parte de múltiples grupos deportivos, artísticos y de limpieza: el eje de la formación es la cultura grupal.

En América Latina pasa exactamente lo contrario: Los padres piensan, hablan, toman fotografías y preguntan casi exclusivamente por sus propios hijos. Al hacerlo, los grupos prácticamente desaparecen. El problema se ha agravado en las últimas décadas, ya que tienden a ser dominantes las familias con un solo hijo. En el colegio se reproduce el mismo patrón: las tareas, las evaluaciones y las responsabilidades son casi siempre individuales. Se diluyen los grupos. Debido a ello, los niños aprehenden a pensar excesivamente en sí mismos y muy poco en los otros.

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El modelo educativo japonés es muy interesante, pero no por ello es ajeno a contradicciones. Sin duda, Japón representa el mejor sistema tradicional del mundo, con modelos pedagógicos más centrados en la repetición, la rutina y la memorización, que en la lectura, la autonomía y el pensamiento crítico. Es un modelo que no promueve la creatividad ni la individualidad. Los grupos promedios de estudiantes por salón son muy grandes (cerca de 45 estudiantes) y se considera que una pregunta en clase desviaría la atención del curso, atendiendo un beneficio exclusivamente individual. Por ello, no se promueven las preguntas, ni la participación individual. Todos los estudiantes reciben las mismas “onces” y portan el mismo uniforme. Todos los colegios desarrollan el mismo currículo, independientemente de las condiciones y los contextos en los que se desarrolle el proceso educativo. Reflejan un modelo centralizado, muy directivo y poco dialogante.

La presión es alta, porque el sistema se basa en el resultado y el esfuerzo realizado. Termina siendo competitivo ya que el futuro depende del resultado alcanzado en los exámenes decisivos al culminar cada ciclo. Están especialmente preocupados por formar ciudadanos responsables.

Pese a las debilidades resaltadas, es indudable que nosotros tendríamos mucho que aprehender de ellos. En Colombia, tristemente no nos ha podido unir ni la paz ni la lucha por la vida. En estas condiciones, el riesgo es inmenso de que, estando cerca de alcanzar la paz, comencemos un nuevo ciclo de violencia en el país. Están matando a los líderes regionales que han organizado a sus comunidades para garantizar la restitución de tierras, para enfrentarse la minería ilegal que arruina sus aguas y para intentar oponerse al narcotráfico que destruye la vida de sus jóvenes. Sin embargo, tampoco la lucha contra ésta masacre anunciada nos ha podido unir. En redes comenté a la ex directora de Colciencias y actual senadora del Centro Democrático el desafortunado trino que subió a Twitter ante las marchas nacionales para defender la vida. Con las mismas palabras, quiero terminar estas notas. Allí le decía: “Hay que aclararle a María del Rosario Guerra que el viernes pasado el país no marchó contra Iván Duque, sino para evitar que sigan matando a sus defensores de Derechos Humanos. En una verdadera democracia, los ex directores de Colciencias encabezarían las marchas por la vida y no estarían quejándose de ellas en las redes sociales”.

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Me quedo con las grandes virtudes de la educación japonesa: Una educación que privilegia lo colectivo sobre lo individual, que enseña a trabajar en grupo, que fortalece la empatía y la tolerancia y que forma jóvenes resilientes para enfrentar las dificultades.  Al fin y al cabo, el trabajo en equipo es la condición necesaria para reconstruir el tejido social. No por casualidad cuando les preguntan a sus jóvenes en las pruebas mundiales de cívica, que en cuántas personas confían de todas las que conocen, ellos responden que en setenta de cada cien. Nuestros jóvenes dicen que sólo confían en cuatro de cada cien. La explicación es sencilla: Ellos tienen una educación que fortalece la cultura grupal. Nosotros, le enseñamos a nuestros niños que “el mundo es de los vivos”.

*Director del Instituto Alberto Merani y consultor en educación de las Naciones Unidas.
Twitter: @juliandezubiria

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Foto: Esteban Vega/SEMANA

Fuente: www.semana.com

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