Nicolás Buenaventura Alder y los grandes maestros

Todos hemos tenido un profesor que nos ha cambiado la vida. A propósito del día del maestro, este es un homenaje a su gran labor como formadores de nuevos ciudadanos.

por: Julián De Zubiría Samper

En la vida uno tiene pocos grandes maestros. Son aquellos que nos impactan tanto, que pensamos y sentimos diferente después de haber sido sus alumnos. Ellos nos enseñan a comprendernos, a comprender a los otros y a comprender el contexto. Sin ellos es imposible alcanzar la lectura y el pensamiento crítico. Nos contagian de pasión e interés; nos enseñan a pensar de manera autónoma y a convivir respetando las diferencias. En parte, gracias a uno de ellos, he dedicado mi vida a transformar la educación. Hoy, en el día del maestro, quiero recordar a Nicolás Buenaventura Alder.

Interactué en tres momentos de la vida con el “maestro Nicolás”, como todos lo conocíamos. La primera, cuando de joven escuché en mi casa materna las historias sobre su padre Cornelio. La segunda, como su alumno de historia de Colombia; y la tercera, la más larga de todas, cuando culminó su extensa militancia en el Partido Comunista y se dedicó a lo que más sabía hacer: enseñarle a quienes conversábamos con él a hacerle preguntas a la vida. Fueron largas tertulias las que me permitieron conocer su faceta más impactante: el pensador profundamente creativo, comprometido y ético que era.

Cornelio, su padre, cuentero de oficio y quien murió antes de culminar su libro “Dios, el hombre y el Universo”, del cual, como era previsible, sólo alcanzó a escribir el primer párrafo, sostenía, con profunda originalidad, que en la vida eran más importantes los enemigos que los amigos. Hasta llegó a afirmar que la grandeza de un hombre se medía por la calidad de sus enemigos.

“Una buena parte de los amigos” – decía – “lo abandonan a uno un día, acaban por olvidarlo o por traicionarlo; muchos, incluso, sienten envidia del éxito que alcanzamos; en cambio, un buen enemigo es para toda la vida. Por eso” – concluía – “en la vida es muy importante tener buenos enemigos. Sin duda, hacen que nos esforcemos para alcanzar las metas imposibles”.

Nicolás heredó de su padre su infinita creatividad, la cual, contrario a lo que se cree, suele expresarse de mejor manera en las preguntas que en las respuestas. Para cualquier observador era evidente que tejía con enorme cuidado sus analogías para favorecer la comprensión y preguntaba de manera socrática para empoderar a sus interlocutores. Nicolás era, como son los grandes docentes, libre pensador, apasionado, comprometido, dialogante, profundo y reflexivo.

El periodo más largo en el que tuve la fortuna de interactuar con él fueron los años previos a que reconociera públicamente, en su libro ¿Qué pasó, camarada?, que el socialismo real nunca había existido y que, hoy en día, en lugar de luchar por la revolución había que garantizar la ampliación de la democracia y la consolidación de la sociedad civil. Seguramente hoy volvería a morir de tristeza si supiera que el país que ayudó a construir, le dijo No a los acuerdos de paz, que hay un grupo político que organizó “resistencia civil” contra la paz y que amenaza con hacer “trizas” los acuerdos en caso de volver al poder. Muchos también quisiéramos morir, al ver lo enferma de odio y venganza que sigue una parte de la sociedad colombiana. El populismo está haciendo estragos la débil democracia que teníamos.

Cientos de veces lo vi jugando de manera mágica con las palabras ante diversos auditorios, como sólo lo saben hacer los maestros más comprometidos. En ocasiones, Nicolás contaba una historia a la que intencionalmente había suprimido alguna esencial información para que, mediante preguntas hipotéticas, que se respondían con monosílabos, sus interlocutores pudieran hacer inferencias para terminar de interpretarla. Fue el primer maestro que me permitió concluir que el fin último de la educación no podía ser el aprendizaje, sino el desarrollo del pensamiento. He intentado ser fiel a él, jalonando el pensamiento hipotético-deductivo de los docentes con los que semanalmente me reúno en el extenso recorrido por América Latina que inicié desde aquel entonces. Sin saberlo, me volví discípulo de sus reflexiones, amante de sus preguntas, y seguramente, apasionado e intenso, como mi maestro.

Como los mejores maestros, se refería a los temas más complejos recurriendo a las analogías más sencillas y volvía a preguntar a quien se sentía poseedor de la verdad. Era incisivo con los dogmáticos. Al final de su vida concluyó, como Platón, que las revoluciones futuras llevarían a los intelectuales al poder. También me enseñó a creerlo. Un mundo no gobernado por políticos, sino por intelectuales y artistas, más cultos, reflexivos y sensibles.

Solía comentar que padecía problemas de identidad personal, ya que cuando él era niño, era tan reconocido su padre en Cali, que todos lo conocían como el hijo de Don Cornelio. Años después, cuando su hermano Enrique adquirió fama mundial por su trabajo al frente del Teatro Experimental de Cali, el TEC, se referían a él como el hermano de Enrique. Y al final de su vida, cuando su sobrino Nicolás Buenaventura Vidal recorrió el mundo contando historias, como antes lo había intentado su padre Cornelio, le decían: Ah, entonces, ¡tú eres el tío de Nicolás! Esa faceta siempre fue menos conocida: su exquisito humor y la capacidad ilimitada de burlarse de todo, hasta de sí mismo, como hacen los grandes.

Aunque tejía bellamente sus pensamientos, como buen conversador, escribió menos de lo que habló. Infructuosamente le insistí en la necesidad que tendríamos los educadores de que sistematizara sus reflexiones pedagógicas. Pero, como bien decía, en la vida era muy importante “hablar mierda”.

Nosotros tuvimos la fortuna de que nos acompañara varios años como profesor en el Instituto Alberto Merani. Cuando llegó, me preguntó por el programa que tendría a cargo y yo le dije lo que era apenas obvio: Que él venía a conversar con los alumnos sobre la vida y que yo quería que ellos aprehendieran al menos una parte de todo lo que yo sentía haber aprehendido de sus conversaciones.

Su compromiso ético, su transparencia, su obsesión por desarrollar el pensamiento crítico, su cultura y su lucha frontal contra el dogmatismo son lecciones de las cuales todos los maestros tendríamos que aprehender.

Me enorgullezco de haber sido su discípulo y me alegro enormemente por los docentes del país, por las grandes reflexiones pedagógicas, políticas y culturales que generó. Sólo los grandes hombres son capaces de repensar el sentido de la vida, después de permanecer anclados en un contexto tan inflexible y dogmático como ha sido el de la izquierda colombiana. Y me vuelvo a emocionar cuando recuerdo cada una de las muchas veces que nos sentamos, al pie de una pequeña mesa en la cocina de su apartamento en Chapinero, a dialogar y hacerle preguntas a la vida. Al fin y al cabo, maestros son los que nos cambian la vida. ¡Gracias, maestro!

Tomado de: www.semana.com

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